Confianza [Magical Girl - Alfredo/Bárbara] +18

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Confianza [Magical Girl - Alfredo/Bárbara] +18

Mensaje por Plenilunio el Jue Jun 25, 2015 1:58 pm

Escribí este fic hace meses, cuando vi la peli en el cine, pero hasta ahora no me había atrevido a publicarlo porque no le llega ni a la suela del zapato a Mr. Vermut y compañía. He decidido que me da igual y aquí va. Es un universo alternativo que surge de una pregunta: ¿y si Bar no hubiera bajado a por Luis después de vomitarle encima? Y ya está. El +18 no es por sexo, sino más bien por la parte final.





El traqueteo de la maleta sobre el pavimento te resulta insufrible, pero estos malditos modelos modernos no están hechos para ser transportados en volandas. Vas despertando a todo el barrio, puede que incluso a ella y eso es justo lo que no deseas. Prefieres colarte de puntillas, sorprenderla tanto como cuando te marchaste, porque la conoces y sabes que se quedaría patidifusa. De eso se trataba.

En el fondo nunca has querido irte de verdad y lo sabes aunque confías en que ella no. Solo pretendías darle un escarmiento, que corrija su conducta y comience a comportarse como una persona. Últimamente algo tan sencillo es demasiado pedir, actúa como una niñata boba y malcriada sin posibilidad de enmienda, te va poniendo en vergüenza y eso es algo que no consientes. No debiste haberle regalado el colgante, era un premio que no se merecía. Estaba remolona y mohína, deberías haber sabido anticipar que te haría pasar un mal rato y haber tomado medidas preventivas. Ojalá este correctivo sirva para que recapacite y modifique su manera de interactuar con el mundo. No puede seguir así y tú tampoco, estas no son formas.

Subes a casa y la hallas en silencio. Dudas que Bar se haya ido ella sola, no tendría dónde ir ni cómo, no duraría ni un segundo en las calles. Se perdería, esa es tu gran baza y tu gran temor. Aparcas la maleta en el recibidor, abres la puerta del salón y la visión del espejo hecho añicos es lo primero que detectas. Está todo destrozado y algunos fragmentos lucen manchas de sangre. Por mucho que necesite aprender la lección, está claro que no puedes dejarla sola. No sabe cuidar de sí misma, la botella de Sailor Moon volcada junto al bote de píldoras y el balcón abierto así te lo confirman. Bárbara se portó muy mal anoche, en cuanto te asegures de que no está muerta deberás solucionarlo.

Te la encuentras echada sobre la cama, pálida como las sábanas que la cubren poco y mal y con el rostro sucio de sangre seca. Se ha hecho una herida muy fea en la frente y conociéndola te extrañaría que hubiese sido accidental. Habrá que trabajar en sus tendencias autodestructivas, no puede continuar lesionándose y mutilándose cada vez que se estresa. Rodeas el colchón, te aproximas a ella y te aseguras de que sigue viva. Ya tranquilo, la zarandeas y la llamas hasta que abre los ojos. En su mirada lees miedo, vergüenza, arrepentimiento y alivio, sobre todo mucho alivio, tanto que te cuesta no sonreír.

—Has vuelto—susurra como si aún no se lo pudiese creer.
—Me necesitas—Bárbara se muerde el labio y asiente. La tomas de la barbilla y la obligas a mirarte—. He vuelto por ti. He decidido darte una oportunidad, la última de verdad. Si vuelves a mentirme y no empiezas a comportarte, esto se acabó, ¿te ha quedado claro?
—Sí.
—De acuerdo. Vamos a desinfectarte esa brecha, no la puedes llevar así.

Le tiendes la mano y no puedes evitar sonreír cuando, antes de incorporarse, la frota contra su rostro y te mira con los ojos llenos de cariño y necesidad. Fue lo primero que te cautivó de ella, lo vulnerable y desorientada que te parecía. No era como las demás, no era como nadie que hubieses conocido. Necesitaba a alguien fuerte a su lado, un guía firme con el que no desviarse del camino y perderse en más de un sentido. Le ofreciste un refugio, un lugar seguro construido a base de disciplina, comprensión y esos fármacos que tanta falta le hacen pese a que en ocasiones proteste por los efectos secundarios. A veces se enfada y actúa como una cría maleducada, pero sabes que en el fondo te lo agradece. No sabe vivir sin ti.

Mientras le das toques con el algodón impregnado en yodo no se mueve, casi da la impresión de que no lo notara. Te aseguras de que no ha quedado ninguna esquirla de vidrio incrustada en su carne, le pones unos puntos de aproximación para cerciorarte de que cicatrizará como debe y cubres con una gasa. Una vez te das por satisfecho, abordas la siguiente cuestión. Imaginas lo que sucedió, pero quieres oírlo de sus labios:

—¿Qué hiciste anoche?

Bárbara no replica de inmediato. Se abraza y su respiración se agita, sabe que ha obrado mal.

—No estabas.
—Eso no es lo que he preguntado, ¿verdad?—Bárbara sacude la cabeza—Te he preguntado qué hiciste anoche. Estoy esperando.
—Me di con el espejo.
—¿Por accidente?—Traga saliva y de nuevo guarda silencio—Muy bien.

Basta con que te des media vuelta para que se apresure a admitir que fue intencionado. “Porque tú no estabas”, insiste. Te giras, te cruzas de brazos y la contemplas. Está asustada, sabe lo mucho que está en juego y eso es exactamente lo que pretendías.

—¿Y qué más hiciste porque yo no estaba?
—Beber… y tomar pastillas.
—¿Por qué?

Entierra la cara en las manos, resopla y la voz que le sale al volver a hablar es aguda y suplicante, igual que si fuera una niña:

—Es que tú no estabas.
—Ah, y solo porque yo no estoy tú ya puedes hacer lo que te venga en gana.
—No, pero… Te habías ido y creí que no volverías.
—¿Algo más?—presionas tratando de no ablandarte. Si no eres severo, jamás harás carrera de ella.
—Vomitar. Las pastillas y la bebida me sentaron mal y lo eché todo por el balcón. Le cayó a uno que estaba en la calle, uno con un adoquín, pero no hablé con él. No le dije nada ni salí de casa, te lo prometo. Después de eso, no sabía qué hacer y me metí a la cama porque estaba mareada.

Es un desastre, en un mundo perfecto jamás merecería ser considerada adulta. Está visto que no puedes alejarte de ella ni un segundo, es un peligro absoluto para sí misma. Le indicas que te siga, abres la puerta y Bar se pone en pie con dudas. Sin embargo, se encuentra demasiado confusa y preocupada como para atreverse a preguntar dónde la llevas. Para no hacerla sufrir de más, le aclaras que vais a desayunar. Tú tienes hambre, ella necesita su medicación y no puede tomársela con el estómago vacío. Te sirves un café, le das un zumo y de inmediato tuerce el gesto. Ya vuelve a sus andanzas de mocosa consentida:

—Prefiero lo tuyo.
—No estás para estimulantes. Necesitas calma para centrarte y equilibrarte. De hecho, esta semana no tendrás contacto—Hace un mohín, pero no es capaz de replicarte—. Es por tu bien, no estás en condiciones de tratar con nadie.

Acepta tus exigencias sin rechistar, en el fondo sabe que es lo mejor para ella. Le retirarás el dinero y el móvil, te encargarás de atender al repartidor cuando os traigan la compra y recordarás a la asistenta cómo obrar. Es inteligente y discreta, la primera que no se deja amedrentar por Bárbara ni amenaza con denunciarte aunque tu único delito sea evitar que tu esposa, gravemente enferma, cometa algún disparate de final tan impredecible como desgraciado. Por eso es la que más os está durando.

—¿Me sacarás a pasear cuando vuelvas del trabajo?
—Esta semana no. Debes descansar, no puedes exponerte a tantos estímulos. Si respondes bien, irás recuperando tu vida normal poco a poco.

Bárbara asiente y te da la mano. No es un gesto en busca de apoyo ni ternura, pretende algo. Revisa tu reloj, anuncia que deberías irte a trabajar y se sorprende cuando le indicas que hoy no. Sabías que tras una noche sin ti, creyéndote fuera de su existencia para siempre, te tendrías que quedar a su lado para estabilizarla y reconfortarla. Ahora mismo hasta te preocupa que vaya al lavabo ella sola.

—¿Vemos la tele?
—¿Eso te gusta hacer para entretenerte?

Te contesta con un sí y una sonrisa y pasa a relatarte con entusiasmo un reportaje sobre una pugna escatológica entre vecinas que le resultó jocoso mientras os desplazáis al sofá. Solo interrumpe la narración cuando nota que tú no encuentras el episodio tan divertido.

—¿Crees que eso está bien, que tirarle pis a un vecino que te cae mal está bien?
—No.

Es una respuesta condicionada, no te cabe la menor duda. Aun así, esperas que a fuerza de repetirla llegue a interiorizarla. No es necesario que comprenda los motivos que hay tras cada norma de convivencia, te basta con que las conozca y las acate. A ratos se antoja una tarea demasiado complicada, pero estabais haciendo progresos antes de que volviese a engañarte con las pastillas. Hoy, por suerte, se siente demasiado acobardada por tu partida y no ha dudado en enjuagarse y ofrecerte la boca bien abierta para que la revisaras. Darle un voto de confianza y pedirle que la cerrase en lugar de meterle los dedos ha hecho que se encuentre algo más serena.

—No vuelvas a ver esos programas.
—De acuerdo.
—Sabes que todo esto es por tu bien, ¿verdad, Bar?—Le atusas el cabello y sonríes cuando asiente y casi parece que ronronea—Nunca haría nada que pudiera perjudicarte.
—Lo sé.
—¿Confías en mí?—Hace un gesto afirmativo—Dilo.
—Confío en ti.

Colocas las manos en torno a su cuello y notas su pulso acelerarse. La miras fijamente a los ojos y ejerces un poco de presión suave sobre su piel.

—¿Y ahora? ¿Confías en mí?
—Confío en ti.

Aprietas un poco más y repites la pregunta. Hallas la misma respuesta, así que prosigues con el juego hasta que a Bárbara no le sale la voz. Entonces la besas sin prisas, te recreas hasta que la sientes al borde de la inconsciencia y la sueltas. Bárbara tose ahogadamente y se aferra a tu camisa mientras trata de recuperar el aliento. Revisas su cuello, no crees que le vayan a quedar marcas.

—Confío en ti—te asegura igual que si hubieras vuelto a preguntárselo. Sonríes y le besas la frente.
—Claro que sí, Bar. Así debe ser.
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Re: Confianza [Magical Girl - Alfredo/Bárbara] +18

Mensaje por Atiram el Jue Jun 25, 2015 2:12 pm

Qué asco te tengo, Alfredo.

Del resto, te lo dije en su momento, me alegro de que te atrevieses con ellos, sobre todo porque el maridito es tan odioso que se me revuelven las entrañas solo de imaginar que me tuviese que poner en sus zapatos por un momento... ¡puaj!

¡Gracias por subirlo, socia!
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