Combustible e Infrarrojo (Lemans)

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Combustible e Infrarrojo (Lemans)

Mensaje por Plenilunio el Mar Ene 05, 2010 7:24 pm

Estas dos son historias escritas por separado, pero dado que cuentan lo mismo desde dos puntos de vista distintos, las meto en el mismo tema. Primero fue "Combustible", que surgió de la necesidad de saber qué le pasaba por esa cabecita a Mario mientras los gorrinillos iban haciéndose canapés con su muslamen. El experimento gustó cuando lo enseñé por ahí y alguien me retó: "¿Y Leo? ¿Qué pasa con Leo?". Por aquel entonces, para mí seguía siendo en gran medida "La Leocadia" y continuaba cayéndome bastante mal aunque no tanto como en la primera temporada. Además, no me veía capaz de escribir desde su punto de vista, me parecía que no la entendía. Sin embargo, me piqué, recogí el guante y surgió "Infrarrojo". A partir de entonces dejé de tenerle tirria a Leo aunque a ratos siga sintiendo ganas de meterle una patada circular en toda la jeta que ríete tú de Chuck Norris.

Lo último que me queda por aclarar: al haberlos escrito nada más ver "Granja Brigante", la historia de cómo llegó Leo a la unidad no pega. Es un detalle accesorio, no soy adivina y tampoco estorba para nada. Soltada la perorata, espero que os gusten.



Combustible
Lo siento. Perdóname, Leo, perdóname. Siento haberte hablado así. Siento haberte gritado, haberte dicho esas cosas. La situación me ha sobrepasado, he hecho todo lo que no se debe hacer según los expertos. Pero eso es lo de menos en estos momentos, a la mierda el manual por una vez. A Corso le haría tanta gracia oírme hablar así. Si es que esto se considera hablar, qué sé yo y qué más me da. Lo único que importa es que te he chillado. Que la última vez que hablo contigo te trato mal y te cuelgo el teléfono. Lo siento tanto. Pero ya no hay nada que pueda hacer para solucionarlo. Ojalá puedas perdonarme.

Supe que eras especial desde el primer día en que te vi. Acababas de llegar a la unidad, yo ya llevaba allí unos meses. Corso y tú ya os conocíais, os habíais enrollado hacía poco y solo tenías ojos para él. Y yo para ti. Al principio fue complicado, ¿te acuerdas? A ratos pasabas por mi lado y me mirabas de arriba abajo como diciéndote “qué soso eres, hijo mío”. Te imaginaba diciéndomelo de viva voz algún día, de hecho. Y no sabía si me hacía gracia o daño pensarte así.

Nunca me lo dijiste, ni esa ni tantas otras cosas. Igual que hay tantas y tantas que tendría que haberte dicho yo. Pero ya es tarde para todo lo que no sea arrepentirme y lamentar lo que ya nunca será. “No tiene sentido llorar por la leche derramada”, que dicen los anglosajones. A ellos me gustaría verlos aquí, en este momento en que sé que estoy vivo porque aún no estoy muerto.

El matón se ríe como si hubiera perdido la razón, si es que alguna vez la tuvo, pero yo hace ya mucho tiempo que no le escucho. Estoy ocupado pensando en ti, rememorándote para llevarme un recuerdo agradable a la tumba. Antes, cuando me hablaban de las vistas, solo pensaba en ti. Soy un moñas, ya me conoces, finges que mi cursilería te da náuseas pero en el fondo te gusta aunque no lo admitirías ni muerta. Suena manido, baboso, cursi y falso, pero quiero que tú seas mi vista final. Es egoísta, lo sé. No soportaría dejarte aquí sabiendo que no vas a estar bien. Pero así me gustaría. O de cualquier otro modo, no aquí ni ahora. Ahora que me habías dicho que sí.

No definiría lo nuestro como “tormentoso”, no exactamente. Eso os pega más a ti y a Corso, al “nosotros” que él dice que nunca existió para la suma de vosotros dos. Yo le miraba mirándote y te veía a ti mirándole y cada vez que lo hacía sentía un pequeño cortecito. Una heridita que me escocía en el corazón. Es mi mejor amigo, precisamente por eso le conozco y sé que no debería hablar mal de él, pero no era bueno para ti. A cada momento quería apartarte de él, llevarte lejos y decirte lo que ya sabías: que no te conviene, que te hará daño.

Nunca lo hice, supe que no me escucharías. Preferías tropezar tú sola, lanzarte de cabeza contra la piedra y soltar un bufido y una maldición cuando me acercase a tenderte la mano para que te levantases. Pero tú siempre has sido así y por eso me atrajiste en un primer momento. No voy a empezar a despotricar sobre tu genio si fue precisamente lo que hizo que me fijara en ti. Aparte de otras cosas, ya lo sabes. Pero ese carácter tuyo desde siempre me ha encantado. Y eso también lo sabes. Te lo digo para provocarte cuando estamos a solas y tú siempre entras al trapo, una y mil veces, como si no supieras que no hablo en serio. En el fondo te gusta. Te va lo de hacerte la enfadada para que hagamos las paces. Y el amor.

A veces siento que no te conozco, que eres como un enigma gigante. No te dejas descubrir, tu geografía es a prueba de mapas y no me refiero a nada físico. Llevas la fortaleza al extremo, la confundes con ser dura o simplemente arisca, borde sin motivos. No tienes que demostrar nada a nadie, Leo. Todos sabemos lo fuerte que eres, de lo que eres capaz. No hay nada que probar ni motivos para mantener la guardia bien alta las veinticuatro horas. Sonríe, tómate menos en serio y relájate. Cada vez que lo haces me doy cuenta de que he hecho la elección correcta. Ya no tengo que seguir buscando. Estás aquí. Conmigo.

Al menos es así ahora. Me costó engancharte, como me digo a mí mismo cuando quiero quitarle hierro al asunto. Te resististe como gato panza arriba a mis avances, como si Corso te hubiera hecho ya demasiado daño, como si ya no fueras capaz de querer a nadie más porque él te había dejado el corazón patas arriba igual que si un huracán te hubiera asolado. Yo no soy un huracán, yo soy agua: fluyo sin descanso, constante y tenaz. Parezco débil, pero con el tiempo erosiono y limo las asperezas. Puedes desviarme, pero siempre vuelvo a mi camino. Y mi camino eres tú.

¿Dónde estarás ahora? ¿Sabrás ya que me tienen? No vengas a por mí, ya no merece la pena que te arriesgues si mi suerte está echada. No quiero que seas tú quien me encuentre. Deberíamos habernos despedido en condiciones, pero no hemos podido. No quiero que veas lo que va a quedar de mí porque ese ya no seré yo. El “polvo enamorado” del poema flotará en el ambiente, pero no en este lugar. Probablemente Corso no te deje entrar la primera. Le conozco, sé que intentará protegerte, evitar que veas esto. Como yo habría hecho en su lugar. Siempre te protege aunque sea muy a su modo. Nunca ha dejado de quererte, pero no es para ti. Los tres lo sabemos. Tú y yo sí somos nosotros.

Cada vez que pienso que tú pasaste por algo parecido a lo que yo estoy pasando se me encoge el corazón. Todo estuvo tan cerca de irse al garete. Casi te perdemos, no recuerdo haber sentido semejante dolor en mi vida. Fue el día que me volví loco. Dejé de tener en cuenta el futuro, de construir mi camino poniendo una losa y pensando cómo serían las siguientes. Mañana desapareció, dejó de tener sentido, solo quedaban tres palabras en mi vocabulario: tú, aquí y ahora. La visión periférica se desvaneció y dio lugar a una visión en túnel que solo me dejaba vislumbrar mi único objetivo: salvarte a cualquier precio. Los platos rotos eran lo de menos. Perderlo todo no significaba nada si lograba recuperarte sana y salva. Así fue. Y por fin la chispa surgió.

¿No te parece curioso el modo en que se definen las relaciones de los tres? Son como talladas en roca, un poco más concretas a cada golpe brusco que arranca un trozo de piedra. Oficialmente pasabas de Corso, pero que se enrollara con otras hizo que vieras que le querías. Casi te pierdo y te diste cuenta de lo que significabas para mí. Mataron al padre de Corso y te sirvió para comprender que todavía hay algo entre vosotros aunque sea conmigo con quien debes estar. Prefiero no saber qué implicará este golpe, el último de todos. Por mi parte es la constatación de que eres la mujer de mi vida.

Espero que para ti no signifique el tiro de gracia a tu capacidad de amar. No soy egoísta, eso no encaja en mi definición de amor. Quiero que seas feliz a pesar de mí, de mi ausencia. Quiero que me llores solo el tiempo justo. Que luego seques tus lágrimas y seas capaz de levantarte, tener la cabeza bien alta y encontrar a otro que te complete. Sé que podrás. Eres fuerte, incluso más de lo que tú piensas. Te costará, tanto tiempo unidos de un modo u otro deja sus huellas, pero al final sé que te repondrás. Te irás a la cama y de pronto te darás cuenta de que no has pensado en mí en todo el día. Y no te sentirás una traidora por ello. No me olvidarás, pero tampoco vivirás sumida en mis recuerdos. Así es como debe ser. Sé feliz, vuela por mí.

Estoy cansado. Mi resistencia tiene un límite y ya no doy más de mí. Me gustaría seguir luchando por ti, que pensar en ti siguiera alimentándome, dándome fuerzas para aguantar este suplicio un poco más y así mantenerme apenas vivo para cuando lleguéis. Si es que llegáis a tiempo, cosa en la que aún confío. Sin embargo, no soy capaz. Ya no puedo más, lo siento, Leo. No aguanto. Lo intento, pero cada mordisco, cada gota de sangre y cada segundo cuentan. Perdóname, soy un débil, pero tengo que rendirme. No puedo continuar peleando. Supongo que es hora de despedirme de una vez por todas, de decirte adiós y rogar que por arte de magia mi pensamiento roce al tuyo y sepas perdonarme porque estoy tirando la toalla. Lo siento. Adiós.

Creo que he oído un ruido. Unas manos. Voces. ¿Qué es este lugar? Mario, Mario… Es tan confuso. Un caos. Me duele. Tengo frío, me parece. O no. No sé. Abro los ojos y le veo. Los veo. Corso y Molina. Habéis llegado a tiempo, habéis venido a rescatarme. Sé que apenas me tendré, pero intento levantarme. Tengo que salir de aquí. Tengo que verte, que abrazarte, que decirte que no pasa nada. Y reír como un loco porque estoy a salvo. Y darte mil besos porque estamos juntos. Y llevarte a algún sitio bonito para que olvides tanta amargura. Y desearte las buenas noches en un susurro mientras sonrío porque sé que despertaré a tu lado en nuestra nueva casa.

Por fin salgo. Te veo y me siento culpable y aliviado. Te he hecho sufrir tanto, nunca te había visto así. Intento ir hacia ti, no hago caso de nada más. Todo es secundario, todo puede esperar. Necesito estar contigo, tenerte entre mis brazos. Solo cuando te toque sabré que eres real, que esto no es un espejismo ni una mala pasada de mi mente. Que ya no hay nada que temer porque fundido en un abrazo contigo estoy seguro.

“Leo, Leo. Oh, Leo. Leo…”. No soy capaz de decir más, ni siquiera lo necesito. Me basta tu nombre para expresar lo que siento. Lloras y hay tantas emociones condensadas en tu rostro, tantos sentimientos negativos que no quiero volver a verte nunca más. Nos abrazamos, nos acariciamos, nos besamos y te manchas de mi sangre. Intento limpiarte con el dorso de la mano, pero solo consigo ensuciarte un poco más. Qué importa. Pasará, olvidaremos que todo esto ocurrió y seremos felices.

—Creí que te había…
—No. No digas eso.
—Oh, Mario—No puedo verte así. No puedo dejar que sigas sintiéndote tan mal por mi culpa. Tengo que hacer algo.
—Chssst, tranquila, ya está, Leo. Míralo por el lado bueno, al final no tendrás que ir a ver esa casa.
—¡Eres… eres un…—Me río y mi risa fuerza la tuya. Intentas mantener tu enfado fingido, pero no te funciona. He conseguido lo que me proponía.
—Sí, pero te he hecho sonreír.


Última edición por Plenilunio el Mar Ene 05, 2010 7:28 pm, editado 2 veces
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Re: Combustible e Infrarrojo (Lemans)

Mensaje por Plenilunio el Mar Ene 05, 2010 7:27 pm

Infrarrojo
¡Será gilipollas! ¡Pues no va, me grita y me cuelga! Qué raro. ¿Qué tripa se le habrá roto ahora? Este Mario. Luego dicen que las tías somos raras, eso es porque no le conocen a él. A ratos le pierdo, será que sus razonamientos son demasiado complejos y yo, simple cual maromo, no me entero de nada. Al final va a ser verdad eso que dice Corso de que en esta relación tenemos los papeles cambiados. No hay más que tener en cuenta un par de datos sobre él: le gusta el ballet y es un maniático del orden. Mi casa no es la de Corso, no es que parezca que ha caído una bomba, pero en la de Mario sería imposible encontrar una puñetera huella dactilar en condiciones. Tan pronto surgen, les pasa un trapito por encima.

No sé cómo nos las vamos a apañar cuando vivamos juntos, creo que nos sacaremos de quicio mutuamente. Pero bueno, sobreviviremos. En cuanto nos hayamos pegado un par de gritos el uno al otro por desordenada y por obsesivo-compulsivo, nos las arreglaremos. Eso si llegamos a alquilarnos algo los dos juntos, que ya me ha quitado todas las ganas el muy imbécil. Con lo que me lo he tenido que pensar.

No sabe lo difícil que ha sido para mí tomar esta decisión. Sola estoy bien, ¿por qué tenemos que ponernos serios y dar un pasito más? Es complicarnos la vida a lo tonto. Y a ver cómo le escondo yo lo de Corso si compartimos techo y cama. Además, que tampoco llevamos tanto juntos de verdad como para algo así, ¿o no? Le preguntaría a Rocío a ver qué piensa, pero parece que hoy está empanada. Mejor voy a intentar llamarle otra vez a ver qué le pica. Es más tierno que el día de la madre, seguro que en cuanto se dé cuenta de que se ha comportado como un cretino, me pedirá disculpas. Creo que me haré la enfadada un poquito aunque le perdone enseguida por esta chorrada, que así se pone más mimoso. Soy cruel, pero me va eso de tenerle detrás a ratos, me gusta recordar que tengo la sartén por el mango.

Nada, que no consigo hablar con él. Es como si hubiera apagado el móvil o no tuviera cobertura. ¿Tanto se habrá cabreado? ¿Qué le he hecho yo, vamos a ver? Que vaya yo, dice. Sí, claro, yo sola. Para que luego me ande poniendo pegas y diciendo que si no le gusta esto o no le gusta lo otro, como no es señorito ni nada. Si encima no sé ni dónde está el pisito de las narices, antes no me lo ha dicho. Mira que no darse cuenta ahora cuando hemos hablado, anda que…

Dios. Sí que se ha dado cuenta.

Le tienen, ese hijo de puta le tiene. El cabrón al que ha seguido al restaurante era Santos. Mario le ha debido de desenmascarar, le han descubierto y ahora le tienen secuestrado. Le habrán obligado a mentir, le tenían vigilado y por eso no podía hablar libremente. Ha aprovechado para darme la pista más clara que ha podido sin que le pillasen. Eso mismo hice yo, hablar en clave y cruzar los dedos para que me entendieran. Comprendieron mi mensaje, afortunadamente. Y ahora yo he comprendido el suyo. No dejaré que nada malo le ocurra, le encontraré.

En cuanto se lo digo a Rocío, se da cuenta de que no es una paranoia mía ni nada así. Tienen a Mario. Que no le hagan nada, por favor. Que no le hagan daño, que solo le tengan retenido sin más. No se atreverán a hacerle nada a un poli, ¿verdad? Esta gente es muy lista, sabe que cargarse a uno de los nuestros… No. No se lo van a cargar. No van a matarlo. Repite conmigo, Leo, Mario va a salir de esta. No le va a ocurrir nada malo. Le encontraréis, le soltaréis y volveréis los dos a casa. Y os iréis a vivir juntos de una maldita vez como él quiere. Porque tú también quieres, admítelo.

O no, yo qué sé. Hago amago de irme, pero ni siquiera sé adónde ni para qué. No sé qué hacer, solo sé que tengo que encontrarle como sea. Me dejo caer en una silla de oficina, que se hunde un poco al recibirme. Agacho la cabeza y me la cubro con las manos. Que Mario esté bien, que no le hagan daño. Rocío está llamando a Corso y Molina para que vuelvan y discutir qué hacemos, cómo le buscamos. Que vengan, por favor. Que vengan de una vez y me ayuden a encontrarle. No podemos dejar que le pase nada malo. Es Mario, nuestro Mario. Mi Mario. Toda esa mierda de llamarlo mío no me gustaba nada, me parece de posesiva, de celosa. Pero ahora… Es mi chico. Si le llega a pasar algo, juro que… No, tranquila. Tranquila, respira.

Rocío cuelga y viene a abrazarme. Qué gilipollas soy. Le he dicho que no estaba segura. Déjame, Rocío, hay que preocuparse por él, a mí déjame tranquila. Que no sabía si quería seguir en mi piso. No merezco que me consueles, soy una bruja. Qué cara se le ha quedado. Le hace tanta ilusión. Que me dejes, coño, que no quiero echarme a llorar. Encontraremos algo para los dos. Saldrá adelante y no me separaré de él.

—¿Van a tardar mucho?—pregunto casi sin hacer ruido. Como hable más alto se me va a quebrar la voz.
—No, enseguida vienen. Molina ya está de camino, ahora iba a llamar a Corso—La aparto con un empujoncito y me levanto a por mi abrigo. “Enseguida” es demasiado tiempo. Mario no puede permitirse que lo perdamos esperando a la caída del higo chumbo—. ¿Adónde vas?
—A buscar a Mario.
—¿Y cómo vas a encontrarle?
—Ya veré. Aquí sentada no puedo estar, le seré más útil ahí fuera. Ya se me ocurrirá dónde mirar, pero aquí no hago nada.
—Tranquilízate, Leo. Mira, llamo a Corso y enseguida llegan él y Molina y…
—¡Que me da igual lo que tarde Corso, como si no aparece! Que yo aquí no puedo estar, que sentada tocándome las narices no voy a conseguir encontrarle, a ver si te enteras. Me voy a buscarle, tú haz lo que te dé la gana—Rocío hace un gesto de ir a decir algo según me giro otra vez hacia la puerta. Que no me diga nada, no estoy para sermones ni pañitos calientes—. Además, ¿tú cómo puedes estar tan tranquila? ¿Es que no te importa lo que pase, es eso?
—Leo, vale. Eso sobraba.

Joder. Soy un desastre. Pobre Rocío, ella no tiene la culpa de nada. Solo quería ayudar y yo voy y la trato así. Tiene razón, saliendo con el coche a lo loco no voy a conseguir nada. Solo daría vueltas y vueltas a la ciudad sin sacar nada en claro. Necesitamos movernos rápido, sí, pero con un plan. Mientras aparece Corso, podemos ir pensando cómo lo vamos a hacer. Y cuando tengamos a ese hijo de puta, de aquí no se va de rositas. Que los de régimen disciplinario me abran un expediente o los que les dé la gana, que me echen si quieren. Pero yo a ese tío le parto la boca. Como me vaya de listo o de suficiente, lo reviento a golpes hasta que me diga dónde tiene a Mario.

Rocío consigue ponerse en contacto con Corso y hay cambio de planes. Mejor, así iremos más rápido, ya estoy harta de dar vueltas como una peonza. Primer paso: el restaurante coreano. Con un poco de suerte, los camareros recordarán algo de Santos y sus secuaces. Tal vez puedan darnos una descripción. Y, si no, al menos tendrán su ticket, digo yo. No tendremos la suerte de que los chicos de ese desgraciado sean tan descerebrados de haber pedido una factura, pero algo habrá que nos conduzca a Santos. Y a Mario.

Los coreanos no se enteran. No sé si es que son así de tontos o se lo hacen. Dicen que los occidentales todos somos iguales y les cuesta cantidad arrancar y darnos algo útil, un estúpido hilo del que tirar. Necesitamos un nombre, una dirección, un número, lo que sea. Pero a estos qué les importa, a ellos qué más les da. No saben que hay vidas en juego, que cada segundo cuenta para encontrar a Mario. Y aunque lo supieran les importaría un pimiento. ¿No somos todos iguales? Qué más de un blanquito menos en el mundo. Total, ya está superpoblado. Menos mal que conseguimos sacar algo para acotar nuestra búsqueda, empezaba a verme cada vez más cerca de ponerme a desmontarles el chiringuito a patada limpia para refrescarles la memoria.

Al menos los coreanos nos han dado una buena pista: Inversiones Petrolíferas del Iguazú ha corrido con los gastos de la comida. Rocío se mueve rápido y nos descubre los últimos movimientos de las tarjetas, que nos envían a dos hoteles. Me voy con Molina a uno de ellos y cruzo los dedos. Ojalá haya suerte y demos con algo. El tiempo corre en nuestra contra y no tenemos todo el del mundo. Necesita que empecemos a funcionar ya, que nos movamos y hagamos algo. Como no encontremos algo pronto… Incluso puede que ya lleguemos tarde, que ya le hayan pegado un tiro o hecho unos zapatos de cemento. Se cargaron al Tortuga sin miramientos, puede que le hayan hecho lo mismo a Mario, que le hayan sacado la información y lo hayan matado como a un perro.

Pero no puede ser verdad, no pueden haberlo matado. Tiene que estar vivo, tiene que haber encontrado el modo de sobrevivir. Sé que si tiene la más mínima oportunidad, peleará hasta el final. No se rendirá. Mi Mario es un luchador, no tirará la toalla mientras le quede una gota de sangre en las venas. Aguanta, vamos. Hazlo por todos, por mí. Sí quiero. Sí quiero irme a vivir contigo, pero para eso tienes que resistir un poco más. Venga, sé que tú puedes. Esa mínima conversación telefónica de antes no puede ser la última vez que oiga tu voz.

Ojalá fuera verdad el topicazo ese por el cual un amado “sabe” de forma intuitiva que el otro está vivo, sano y salvo. Ojalá existiera esa conexión tan primaria entre los dos y me diera para estar segura de que no le pasará nada. Cuánto me gustaría poder también enviarle mis fuerzas para que sepa que estamos ahí. Aunque creo que eso en parte lo sabe. Lo sabes, ¿verdad, Mario? Sabes que no vamos a fallarte, que todos nos dejaremos la piel buscándote, que removeremos cielo y tierra y lo que haga falta para dar contigo. Las cosas no van a quedar así. Te encontraremos, te lo prometo. Aunque sea lo último que haga, volveré a verte.

Enternecedor. Lo de la mujer esta, la tal Giovanna Vieira casada con el supuesto Sergio Castro, me conmueve. ¡¿Pero nos toma por subnormales o qué, señora?! Nos sale con las típicas patrañas de siempre: que si su marido es muy bueno, que si es un benefactor, que si comercia con petróleo, que si todo es un error… Sí, claro. Que se lo digan a Mario, que seguro que se queda más tranquilo al saber que quien se lo quiere llevar al otro barrio es un hombre de bien, un santito que ha hecho escuelitas para los niños necesitados allá en Porto Alegre, no Brasil. Señora, no me toque las narices, que estoy muy sensible, ¡largue de una vez o dejaré de ser tan simpática!

Por lo pronto, le robo la cámara de fotos a la tía esta y miro las tiernas estampas que ha plasmado con ella. ¡Anda, mi madre! Corso también se da cuenta: este es el que ha estado aquí esta mañana para devolverle la documentación, ese que se hacía el lelo. Qué coincidencia, ¿no? El muy cabrón es listo, quería asegurarse de que no le conocíamos. Solo Mario ha sabido descubrirle y ahora quiere hacerle pagar por ello. Por encima de mi cadáver. Como le ocurra algo a Mario, ese tío va a lamentar haberle tocado un pelo durante el resto de su corta y miserable vida.

Corso y yo nos ponemos en marcha de una vez usando el móvil de Santos para rastrearle: Avenida de Bruselas. Prefiero ir con Corso antes que con cualquier otro en un momento así, él me comprende mejor que nadie. A veces pienso que encajo más con él que con Mario en según qué cosas, somos más parecidos. Nos entendemos con una mirada o un gesto, todavía no he llegado a eso con Mario, no sé interpretarle así de bien ni él a mí. No es tan fácil de leer, a lo mejor es por eso que dice Corso de sí mismo cuando se llama simple. No lo es, tengo la suerte o la desgracia de haber caído entre dos tíos de lo más complicado.

La parte buena es que ya he elegido. Después de tanto tiempo deshojando la margarita, por fin sé lo que quiero. Prefiero a Mario. Corso está bien para un rato. Es divertido salir con él, folla mucho y muy bien y me conoce mejor que yo misma. Pero siempre va a su puñetera bola. Yo seré independiente, pero lo suyo ya es demasiado. En cambio, Mario es tan distinto, mucho más dulce, más fácil de tratar aunque sus manías me desquicien a ratos. Siempre tiene una palabra amable, un piropo de los suyos. Aunque sea un babas y le gruña, a una le hace ilusión llegar al lugar del crimen de madrugada con cara de “¡necesito cafeína y la necesito ya!” y que, aunque tenga unas pintas que dé más miedo que el hombre del saco, le digan lo guapa que está. Los habrá que dicen que soy una machorra, pero a las machorras también nos va que nos den jabón de cuando en cuando.

Tanta ñoñería es contagiosa, está visto. Me he enamorado como una idiota. Y lo peor no es eso, lo peor es que ni siquiera me importa. Yo no iba a enamorarme nunca, el amor ni siquiera existía, era una cosa de películas, no de la vida real. Había tenido mis líos y mis novios, pero nunca así, nunca como ahora. Nunca me había planteado eso de estar con alguien sin fecha de caducidad ni plazo definido. Siempre había sabido que las historias se acaban: nacen, crecen, no dejo que se reproduzcan y mueren. Ahora ya no. No quiero que esto termine, no va a terminar, mucho menos de este modo. Mario no se va a morir hoy. No dejaré que le hagan daño. Llegaré a tiempo y nada nos separará en cuanto le tenga otra vez conmigo.

Ahora que lo pienso, nunca le he dicho que le quiero. No me he atrevido y ni siquiera creía estar segura. Él sí me lo ha dicho alguna vez cuando estamos a solas. Siempre ha sido igual, la misma secuencia: mirarme a los ojos, acariciarme desde la sien hasta la mandíbula y susurrarlo llenando cada sílaba de sentimiento. Y eso que el tío es él. Pero yo no he sido capaz, esas cosas no me salen. Espero que no sea demasiado tarde. Quiero creer que él lo sabe, que tiene que saber que yo también le quiero, pero, ¿y si… Cuando le vea tengo que decírselo, tengo que hacer que no le queden dudas. Ya hemos perdido demasiado el tiempo mareando la perdiz por mi culpa. Pero ya lo tengo claro.

¡Dios! ¿Ese cabrón tiene telepatía o qué pasa? Justo ahora que le teníamos, va y desconecta su móvil. ¿Cómo se ha enterado? Es imposible que su mujer le haya avisado, la tienen en comisaría. Si fuera romana, diría que la diosa Fortuna se está partiendo de la risa a mi costa. No importa. Es difícil, pero le encontraré. No me resigno a no volver a verle nunca más, a no oír su voz, a que sus manos grandes y fuertes no vuelvan a acariciarme jamás. ¿Y si ya es demasiado tarde?

Me vuelco contra el salpicadero y me suelto el pelo. La estúpida coleta me estaba dando dolor de cabeza. ¿Qué hacemos ahora? Estamos dando vueltas sin sentido, no estamos más cerca de coger a ese cerdo de lo que estábamos esta mañana. Tenemos datos, sí, indicios, pero, ¿de qué nos sirven? ¿De qué le sirven a Mario? Prefiero no pensar qué le estarán haciendo, no quiero saberlo por ahora. Me estoy volviendo loca, no soporto pensar que le he perdido. No, que puedo haberle perdido. Aún no lo sabes, aún no puedes estar segura. O sí que lo estás. Estás segura de que está vivo. Venga, Leonor, sécate esas lágrimas. Seguro que se os ocurrirá algo.

Rocío nos viene con una salida de pata de banco. Que Santos recibió un mensaje de un móvil de Brasil. Pues enhorabuena, ¿a mí qué? Le escupo que eso de qué coño nos sirve y me tengo que callar. Lo firma F. Corso está rápido al preguntar, será un caos para los nombres, pero este le suena lo bastante para sumar dos y dos. Feliciano Pedrera, el abogado de Santos. Rocío rastrea la señal de su móvil y nos manda al Barrio de San Bruno. Volvemos a tenerlos y esta vez no se nos van a escapar.

Las indicaciones que nos da Rocío nos mandan a un solar con escombros para dar y tomar. Corso saca sus prismáticos y echa una ojeada. Dice que ve a los hermanos Vergara y a otro fulano. Pero no es Santos. Qué va, ese no tiene huevos para salir y dar la cara. Qué pena, porque se la partiría bien a gusto. En cuanto le tengamos, voy a pedir que me dejen a solas con él un minutito o dos. Solo un poquito. Verás qué rápido me cuenta dónde tienen a mi Mario. Voy a hacer que le pida perdón de rodillas, si es que puede arrodillarse después de la mano de hostias que le voy a meter.

Reviso el cargador de la pistola. Todo en orden. Corso me mira raro. ¿Qué espera, que me quede aquí rascándome la entrepierna? Ese hijo de puta tiene secuestrado a mi novio, lo normal es que quiera asegurarme de que puedo meterle un par de balazos en las rodillas para convencerle de que me diga amablemente dónde lo tiene. Pero parece que a Corso no le vale. Por si acaso, me lee la cartilla: nuestra prioridad es cogerlos vivos. Lo que él diga. El único al que no quiero cargarme es a Santos y no porque no lo merezca. El resto me traen sin cuidado. Le convenzo de que no esperemos a los refuerzos y lo que parece una pelea nos pone en marcha. Ya son nuestros.

Después de un intercambio de balas, Corso se va por un lado y yo por otro. Se escapa uno de los Vergara. Tendré que ir por él, que yo cogiera a Santos primero no sería lo más recomendable. Corro tras Vergara y le grito para que suelte las armas y la bolsa y levante las manos. Duda. Está tramando algo, sus movimientos son raros. Que no juegue conmigo. Tiro bien y hoy no estoy para tonterías. En cuanto muestra el fusil que llevaba encima, disparo al cuerpo y le oigo caer con un grito. No sé si me siento orgullosa, asqueada o indiferente. Normalmente cargarme a alguien me hace sentir culpable por muy cabrón que sea. Es una persona y todo eso. Hoy no. Hoy solo quiero recuperar a Mario, las cabezas que rueden por el camino me dan lo mismo. Tal vez luego me arrepienta y me eche a llorar como una nena, pero ahora no puedo perder el tiempo. Tengo que seguir moviéndome. Además, que iba a matarme, joder.

Corso tiene a Santos esposado. Camino muy despacio hacia él y me esfuerzo por subir al coche aunque lo que me pida el cuerpo es otra cosa. Ya habrá tiempo. No hay que ser cruel porque sí aunque el cabrón este lo merezca. Seguro que no tiene a Mario precisamente en un cinco estrellas y le voy a hacer pagar por cada moratón, cada heridita y cada humillación que le haya hecho pasar. Pero todavía no. En comisaría. Como no hable rápido tendremos que decir que se abalanzó sobre mí para justificar cómo le ha quedado la cara.

¡Míralo, qué cojonazos! Se nos pone chulo, va de estupendo. Que si se llama Sergio Castro, que si es ciudadano brasileño, que si el número de su pasaporte es tal… Y mi abuela es virgen. Me da igual lo que diga. Es él. Que le aprieten las tuercas, tiene que contarnos dónde ha metido a Mario, si todavía estamos a tiempo o si ya llegamos tarde. No. Esa no es una posibilidad. No puede estar muerto. Sé que está vivo, seguro que tiene que estarlo. Tengo que volverle a ver, que decirle tantas cosas que me quedan por decir. Acabamos de empezar, como quien dice. Nos quedan muchas cosas por vivir juntos, no pueden habérnoslas arrebatado así.

Le ponen a tocar el piano. Veremos si cuando escaneemos sus huellas y concuerden está así de chulito. Seguro que se le queda cara de gilipollas. Me voy con Rocío al ordenador, esto tengo que verlo. Quiero estar en primera fila para cuando veamos la coincidencia, verás cómo… Mi móvil. Es Molina. Pero, ¿qué… Vale. Está en la máquina de café con Santos y quiere que escuchemos lo que se dicen. Descuelgo y le pongo el manos libres. Así nos enteraremos de lo que le diga. Molina sabe ir de poli corrupto con buen rollito cuando le conviene, seguro que le saca algo útil.

Dos cosas ocurren al mismo tiempo. Dos cosas. Y ninguna buena. Otra vez nos estampamos contra un muro. Somos tan inútiles que no somos capaces de ayudar a Mario ahora que nos necesita. Las huellas no encajan y ese tío se hace el loco. ¿Quién es, el puñetero Harry Houdini? Esto es increíble. Ya deberíamos haber rescatado a Mario y aquí estamos, dándole vueltas a esta gilipollez, dejando que este tío nos toree y se ría en nuestra cara mientras Mario puede estar ya con un par de balas en la cabeza. Más le vale que esté vivo y a salvo. Y más le vale contárnoslo todo ahora mismo.

Me llevo a Corso a su despacho para hablar aparte con él. Necesito convencerle de que me deje a solas con Santos. Que ponga veinte cámaras y todo lo que él quiera, pero que me deje sola con ese cabrón, que verás qué deprisa le bajo los humos. Se le van a quitar las ganas de reírse de nadie. Va a cantar como un jilguero, me encargaré de que lo largue todo y nos diga dónde ha hecho que se lleven a Mario. Y como lo haya matado…

—Déjame a mí—Corso me mira y se cruza de brazos—. Déjame hablar con él.
—Pero, ¿qué dices, anda?—A mí no me hables así. Me acerco a él hasta que le tengo encima. No me voy a achantar. La vida de Mario está en juego, ¿es que soy la única que se da cuenta aquí?
—Que me dejes hablar con él. Verás cómo me dice dónde lo tiene.
—Leo…
—¿Qué coño te pasa, Corso? ¿Es que no te fías de mí, eh?
—Estás muy nerviosa. Deja que…
—Tiene a Mario, a ver si te enteras, joder. Quiero que me diga dónde.
—Y yo, no te jode. Pero así no se hacen las cosas.
—¿Así? ¿Acaso piensas que voy a hacer alguna estupidez?
—Leo, cálmate—Hace amago de darme una palmadita, pero le aparto de un manotazo y retrocede—. Eh, eh, tranquila.
—No me toques—Me doy media vuelta y agarro el pomo—. Me voy.
—Anda ya, Leo. ¿Adónde vas?
—¡Y yo qué sé, Corso!—La voz se me quiebra y los ojos me queman de lágrimas. Suelto el picaporte y me vuelvo hacia él. No entiende nada. No tiene ni puta idea de nada, ni él ni nadie—¡Yo qué coño sé! Pero tendré que hacer algo. Estoy harta, Corso. Harta de buenas palabras, de tanto puto “no te preocupes”. Se le acaba el tiempo, puede que ya se lo hayan cargado y aquí parece que a todo el mundo le importa una mierda. ¡Pues a mí no, ¿vale?! Y ya que nadie me ayuda, iré yo sola, pero a Mario lo encuentro cueste lo que cueste.
—Venga ya, Leo, no digas más gilipolleces, ¿eh, tía? ¿De dónde te has sacado tú eso de que nos da igual? Anda, ven conmigo a interrogatorios.
—Oh, ¿ahora necesito niñera para que te asegures de que no le hostio?—Corso sonríe y sacude la cabeza. Yo no le veo la gracia.
—No, el que necesita niñera soy yo, que no sé si voy a aguantar mucho más sin partirle la boca. Desde luego, le tengo unas ganas—Me acaricia la cabeza y por un momento me hace sentir bien. Solo por un momento. Hasta que recuerdo otras manos con cuyas caricias también he disfrutado mucho—. Anda, ven conmigo. Y no te preocupes más. Te juro que le encontraremos.
—No me jures nada y haz algo.

Me enjugo las lágrimas que amenazaban con empezar a manar y salimos del despacho. A juzgar por la cara que ponen, Molina y Rocío han oído mis voces. Genial. Es justo lo que necesitaba, hacer que se sientan peor. Lo siento, joder, ¿vale? Lo siento mucho. Pero han secuestrado a mi chico, hace horas que no sé nada de él, ya podría estar muerto y a cada segundo que pasa aumenta la sensación de que no volveré a verle con vida. Es normal que pierda los nervios. Igual los perdieron ellos cuando se trataba de mí. He leído los informes, sé todo lo que hicieron, cómo se arriesgaron a tirar sus carreras por la borda. Todo por salvarme. Ahora les pido que hagan lo mismo por Mario. O que al menos me dejen destrozar la mía si es necesario, que no me lo impidan, que se aparten si no quieren ayudarme. Pero que lo entiendan, que entiendan que es mi elección y que haré lo que sea.

Nos llevamos a Santos a interrogatorios. Le doy la espalda y miro mi reflejo en el cristal por no mirarle a él y hacer una locura de esas que no ayudará a Mario. No reconozco a la chica de ojos grandes y cansados que me devuelve la mirada. Tiene la piel pálida, casi cenicienta, y el pelo oscuro y alborotado que le cae sin vida a ambos lados de un rostro agotado y desesperado. Parece que fue hace años cuando salió de su casa y el pitido del móvil la alertó. Un mensaje: “Eres maravillosa. Te quiero. Mario”. Parece que ha pasado un siglo desde que musitó “ñoño”, sacudió la cabeza con una sonrisa y bajó las escaleras corriendo para mantenerse en forma. No sé quién es esa chica que me mira, pero no soy yo. Yo solo soy un fantasma.

Parece que lo que me ha dicho Corso es algo más que la excusa más pobre de todos los tiempos. Sí que parece a punto de soltarle una hostia. Que lo haga, yo me volveré ciega por un momento. Es más, igual tropiezo y caigo de puños sobre la cara de ese cerdo. Míralo, cómo se ríe. ¿Cómo puede tener tanto cuajo? Bueno, más que cuajo, chulería. Chulería pura y dura. Se está riendo literalmente en nuestra cara, está pasándoselo teta porque sabe que sabemos quién es y sabe que no podemos probarlo. Por ahora. Pero se le van a cortar las carcajadas de golpe, nunca mejor dicho. Puede que Corso tenga más correa que yo por una vez, pero yo ya no aguanto más. Le voy a forrar a hostias.

¡Hijo de puta! Corso me aparta para protegerle, cabrón suertudo. Tendría que haberme dejado, joder. Tendría que haberme hecho caso, haberme dejado a solas con él un ratito. Ahora solo ha conseguido un bufón más para ese desgraciado. Yo lo mato. Yo a ese tío lo mato. No tiene bastante con haber cometido todos los delitos habidos y por haber, no le basta con haber secuestrado a un policía, sino que encima tiene que andar restregándonoslo. Dios, pobre Mario. Me pregunto de qué habrá sido capaz un sádico así, alguien que se pone a hablar de restaurantes mientras ve cómo degüellan a un hombre. Mario, si aún sigues ahí, sé fuerte. Sigue luchando, vamos a salvarte.

Me abrazo a Rocío. Cómo me ha costado definirlo solo como “mi compañero”. Nunca fue eso, nunca fue un simple colega. Al principio no le tragaba mucho, lo admito. Me parecía un plasta, siempre con su PDA a cuestas, siempre con su obsesión por el orden y la limpieza… y siempre detrás de mí de manera más o menos disimulada. No sé cómo ni cuándo, pero un buen día me di cuenta de que a pesar de todo era mi amigo. Luego le vi dejarse el pellejo por mí y supe hasta dónde llegaban sus sentimientos. Quise estar con él, pensar que podría terminar sintiendo lo mismo yo por él. Ahora que por fin lo he conseguido, puede que ya sea tarde.

Tengo la boca seca. Mientras continúan dándole vueltas a lo mismo inútilmente e insisten en tenerme atada de pies y manos, voy a por una botella de agua. Por hacer algo, no sé. Ya no sé qué hacer, qué decir ni qué pensar. Todo esto es inútil, un montón de estupideces que no nos van a servir de nada. Mario está muerto. A cada segundo la sensación es más clara y más fuerte. Le he perdido para siempre. Se me ha ido. Me lo han arrancado sin ni siquiera dejarme decirle adiós en condiciones. Me lo han matado, han matado todo lo que íbamos a ser y hacer juntos. Ya no queda nada.

Corso me mira. Me dan igual su compasión, su comprensión y todas esas mierdas. Lo que yo quiero es que encuentre a Mario y está claro que esa tipa, la mujer de Santos, ya no les va a decir nada nuevo. Otra que se pone chula. Empieza a amenazar con sus amiguitos influyentes. Que los traiga a todos, lo lleva claro si piensa que nos vamos a achantar. Porque a mí ya me dan igual ocho que ochenta. Lo único que quiero es volver a ver a Mario, recuperarle con vida y que todo esto no sea más que una pesadilla que podamos olvidar. Si piensa que algún pez gordo del otro lado del charco me va a asustar, se equivoca. No tengo nada que perder, estoy dispuesta a todo.

De pronto, Corso tiene una de sus ideas. No sé qué le pasará por la mente, pero sale corriendo como una bala hacia interrogatorios. Molina y yo volamos detrás de él. ¿Qué está haciendo? No entiendo qué busca, pero se va derechito a por los zapatos de Santos. ¿Piensa que sus pies pueden darnos una pista de algo? ¿De qué, tiene unos hongos característicos o qué pasa? ¿Que le tome las huellas? Este tío está mal, pero es la única baza que tenemos, supongo. Corso cree que servirá para algo o no me habría gritado así que se las tome. Sí, señor, lo que usted mande. Solo espero que no estemos volviendo a hacer el ridículo y que no sigamos perdiendo el tiempo que Mario no tiene.

Vamos corriendo al escáner, a ver qué se cuenta. Que sean sus huellas, por favor. Que la intuición de Corso, por muy ridícula y descabellada que sea, sea también buena. ¿Qué otra explicación podría haber si no? Vamos, dinos que sí, que es él. Entonces podremos interrogarle de verdad y no cómo ahora. Y le sacaré hasta la última pizca de información. Me va a decir lo que quiero sí o sí.

Definitivamente, lo va a hacer. El programa de reconocimiento lo tiene muy claro: es él. Por eso se las prometía tan felices: intercambió la piel de sus pies y sus manos, qué listo. Pero le va a dar igual. Ya lo tenemos. Veremos si sigue sintiéndose tan seguro y, si es así, yo haré que deje de estarlo. Ahora sí que quiero que me dejen a solas con él un momentito.

Como un Miura, Corso se vuelve a la sala de interrogatorios. Vaya cambio de actitud, ya no hay nada de lo que reírse, ¿verdad, Santos? El muy valiente se nos está acojonando por momentos. Ahora nos llora y nos pide un abogado. Dos, no te jode. O los que tú quieras, pero cuando nos hayas dicho dónde tienes secuestrado a mi Mario. Sácaselo, Corso, vamos. Le miro desde la puerta y sé perfectamente lo que va a hacer. Le va a atizar. Va a estamparle un puñetazo. Por si acaso se me ocurre seguir su ejemplo, Rocío me agarra de los brazos. No hace fuerza, podría soltarme si quisiera, pero entiendo lo que quiere indicar al sujetarme. Tranquila, que no le voy a pegar. Al menos no si colabora. Y Corso hará que colabore, vaya si lo hará. Se muere de ganas de convencerle de que nos ayude.

Por fin Santos empieza a recordar y nos habla del sitio: Granja Brigante. Nos explica cómo llegar y creo que me ve la cara de loca cuando le advierto que no nos vacile. No estoy para juegos. Traga saliva, jura que es todo verdad y añade algo muy bajito. Que ha mandado matar a Mario. Que le ha mandado matar hace ya unas horas. Me abalanzo sobre él. Que no me pare nadie, que yo lo mato. ¿Mandarlo matar, valiente? Ni siquiera tienes los huevos de hacerlo tú, cabrón. ¡Eres un puto cobarte, yo te mato! Pues yo sí tengo lo que hay que tener para dejarte hecho un trapo. Tú de aquí no sales vivo. Me lo has matado. Has matado a mi Mario.

Una vez más, Corso me aparta justo a tiempo. Le cuesta lo suyo, pero logra agarrarme e intenta arrastrarme fuera de la sala de interrogatorios. Forcejeamos y amago con lanzarle un derechazo a la mandíbula. Molina me sujeta justo a tiempo de evitar que lo haga. Joder. He perdido la cabeza. Estoy mal, se me ha ido la olla. En lugar de salir corriendo por si todavía hay tiempo, estoy aquí, atacando a mis compañeros porque quiero darle su merecido a ese cerdo. Mario no querría eso. Siempre ha sido tan recto, el policía ideal que cree en la justicia y no en la venganza. Mira adónde te han llevado tu confianza y tus buenas intenciones, mi amor. Ahora tú estás muerto y yo estoy aquí sola. Y se me acaban los motivos para respetar tu voluntad.

Sin ganas, arrastro los pies hasta el coche de Corso. Ya me da todo igual. Quiero creer que tal vez hay esperanza, que quizá Mario siga vivo. Pero no veo cómo. Cada vez se hace más difícil creer. Los milagros no existen. Hemos perdido demasiado tiempo, han tenido horas de sobra para meterle un par de balas y deshacerse del cuerpo. No es ya que no vayamos a encontrarle con vida, sino que tal vez no vayamos a encontrar siquiera lo que queda de él. Yo necesito verle aunque ya sea tarde. Necesito volver a tocar su cuerpo, abrazarle, llorar y decirle que lo siento, pedirle que me perdone por no haber llegado a tiempo. Y que de mis labios salga por primera vez un “te quiero” aunque él ya no pueda oírlo. Porque ya es tarde.

—Va, venga, Leo—Corso me acaricia el brazo. Estamos en alguna carretera, ni siquiera me había dado cuenta de que habíamos salido de la ciudad—. Mariete es un luchador, verás cómo cuando le encontremos ya tendrá inmovilizados a todos los malos y nos dirá “eh, que llevo esperándoos veinte años, tardones”.
—Una bala en la nuca no te da muchas oportunidades.

“Nunca le he dicho que le quiero”, estoy a punto de decir. Pero Corso no lo entendería. Él ve las cosas de otro modo, por eso él y yo nunca llegamos a nada. Lo que tenía… tengo con Mario es tan distinto. Es algo seguro, estable. Algo de verdad. Estaba tan ilusionado con lo de la casa, con vivir conmigo. Y yo he dudado. Estoy enamorada de él, pero también de mi independencia y no sé cuál de los dos sentimientos es más fuerte. Quería elegir, tomar la decisión por mí misma. Ahora ya no hay nada que escoger. Llego tarde.

Por fin vemos aparecer la granja. Corso acelera y en cuestión de segundos estamos los dos bajando de su coche. Hay una tía vestida de granjerita. Me voy corriendo hacia ella y la esposo. Otra valiente, tanto como Santos cuando por fin le hemos trincado. Nos dice que Mario está ahí, dentro de una especie de cobertizo. Ahí tienen a mi Mario. ¿Qué le habrán hecho? ¿Cómo estará? ¿Habrá sufrido mucho? Ya es tarde. O quizá no. No, no puede ser tarde. Entraré y le encontraré ahí, simplemente atado. Pero a salvo.

Intento correr hacia allí, pero Rocío me sujeta y tira de mí para que no me acerque. Son Molina y Corso los que se dirigen al cobertizo. Nosotras esperamos fuera. Quiero entrar, quiero verle. Pero entiendo lo que están haciendo. Quieren protegerme. No quieren que sea yo la que lo encuentre. Si está muy mal, si lo han molido a golpes o incluso lo han descuartizado, no quieren que sea yo quien lo vea en primer lugar. No creen que esté vivo. Ni yo tampoco. Ahí dentro solo estará su cadáver, su cuerpo sin vida. Ya no será mi Mario, solo una concha vacía.

Ya no puedo más. No puedo seguir con esto. No sé qué quiero hacer, pero que sea lejos de aquí. No puedo quedarme. Les oigo disparar y llamar a Mario, pero ya da igual. No le llaméis, está muerto. Me lo han matado. No he sido lo bastante rápida, no he sabido protegerle. Tendría que haberme ido con él al restaurante. Habría podido ayudarle, no le habrían secuestrado. Le habría defendido, juntos podríamos haber escapado de Santos y los suyos. En lugar de eso, le he dejado ir solo. Le he abandonado a su suerte. Y ahora está muerto. Y las caricias de Rocío para consolarme no le van a devolver la vida. Lo han matado. Está muerto por mi culpa.

—¡Leo! ¡Leo, está vivo!

¿Cómo es posible? Levanto la cabeza y ahí está. Está herido, tiene cortes y está sangrando, pero va caminando a trompicones agarrado por Corso y Molina. Hemos llegado a tiempo. Le hemos encontrado. De pronto ya no hay cansancio, ni dolor, ni preocupaciones. Está vivo y yo estoy con él. Según corro a abrazarle, la distancia que nos separa me parece eterna, mucho más que la que nos separaba cuando no sabía dónde estaba. Porque ahora ya le tengo aquí, conmigo, y cada centímetro que me falta para alcanzar su cuerpo se estira como chicle. Mi cuerpo tiembla, sabe lo que le espera, conoce el tacto de su piel y hasta le parece sentirlo antes de que entremos en contacto.

Le abrazo con fuerza. Al hacerlo ni siquiera me doy cuenta de que está herido y a él no parece que le importe. Oh, Mario, pensé que te había perdido. No me sueltes. Di que nunca más volverás a dejarme sola. Di que a partir de ahora todo saldrá bien, prométemelo. Necesito oírlo. Aunque de momento me basta con saborear tus lágrimas mezcladas con las mías según te beso y con escucharte decir mi nombre una y otra vez. “Leo, Leo, Leo…”. No hace falta nada más. Estamos juntos.

Intento decirte lo mucho que me has faltado, lo angustiada que estaba sin ti. Trato de pedirte disculpas, pero ni siquiera me dejas decirte que casi te pierdo y que eso me ha hecho pensar. Que te quiero, Mario. Te quiero. En vez de eso, te vuelves un poco payaso por una vez. Me haces reír a pesar de esta situación. Gracias. Gracias por ser así. Gracias por quererme y por dejar que yo te quiera a ti.

Te meten en la ambulancia. Yo voy contigo. Según me encaramo, miro a Corso. Su boca está seria, pero sus ojos sonríen. Casi me parece oírle decir “anda, ve con él” con la mirada. Claro que iré contigo. No pienso separarme de ti ni un minuto. Y cuando te den el alta, tú y yo nos vamos a mi pisito chiquitín hasta que encontremos otra cosa. O al tuyo si lo prefieres, pero los dos juntos.

—Siento haberos asustado así.
—¡No seas gilipollas!—Te doy la mano y cierro los ojos con fuerza hasta que una caricia tuya me hace abrirlos y mirarte otra vez.
—He pensado mucho en ti este rato, ¿sabes? Cuando no tenía fuerzas y pensaba en rendirme, aparecías en mi pensamiento. Sabía que querías que siguiera peleando. Me has salvado la vida—Agacho la cabeza. No, no te la he salvado. Casi te mueres por mi culpa—. Eh, Leo.
—¿Qué pasa?—Apenas me sale la voz. Apenas puedo verte de cuánto estoy llorando.
—Que te quiero, ¿me oyes? Te quiero.

Y yo a ti. Te quiero más que a nada en este mundo. Pero las palabras no salen de mi garganta. Se quedan ahí. Se agolpan y cuando fluyen lo hacen en forma de carcajada nerviosa. Lo siento, ya no sé bien por dónde me anda la cabeza. Solo sé que te quiero. Te beso la frente y luego los labios. Te quiero. Me sonríes. Te sonrío. Te quiero. Pero no puedo decírtelo, entiéndeme. Aunque te quiero. Te quiero. Pero ya habrá tiempo para decírtelo. Tenemos todo el tiempo del mundo. Y te quiero.
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Re: Combustible e Infrarrojo (Lemans)

Mensaje por Atiram el Mar Ene 05, 2010 8:59 pm

Estos también son de mis favoritos!!
Luego, cuando me quede hasta las mil leyendo, te tendré que echar la culpa Razz
¡¡Gracias, Plen!!
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Re: Combustible e Infrarrojo (Lemans)

Mensaje por Vyra el Miér Ene 06, 2010 12:21 am

ains q bonito! pero sigue molándome más "Leo el gañán! jejejeje
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Re: Combustible e Infrarrojo (Lemans)

Mensaje por Plenilunio el Miér Ene 06, 2010 12:37 am

Malegro de que os guste Gracias
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Re: Combustible e Infrarrojo (Lemans)

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